militantes del peronismo revolucionario uno por uno

ROISINBLIT, Patricia Julia.

“Mariana”. “Inés”. Nació en Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1952 en el seno de una familia judía de clase media muy culta. Era hija única. Su padre Benjamín tuvo un estudio contable, junto a uno de sus hermanos. Él había estudiado abogacia y dejó la carrera cuando le faltaban pocas materias para recibirse. Fue tenedor de libros y escritor de vocación. Su madre, Rosa Tarlovsky, era obstetra y era hija de colonos, naciendo en Moisés Ville, provincia de Santa Fe. Patrica Julia Roisinblit era Montonera, luego de un efímero paso por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Militaba en la Columna Oeste en el área de sanidad. Ella era de contextura media, de tez mate, ojos grandes y oscuros, de nariz respingada y de boca grande y sonriente, teniendo el cabello lacio, de color castaño. Patricia, vale acotar, era una buena estudiante y mejor deportista; jugaba al tenis, nadaba, patinaba y estaba federada como practicante del deporte del ping-pong. Le faltaban cuatro materias para recibirse en la Facultad de Medicina. Había vivido durante su infancia y adolescencia en el barrio porteño de Boedo. Cursó desde el jardín de infantes hasta finalizar sus estudios secundarios en la Escuela Normal Nº 8, donde figuró regularmente en el cuadro de honor; recibiéndose con el título de Bachiller en Ciencias Biológicas. Para más detalles de su vida ver registro de su marido José Manuel Pérez Rojo. Estaba embarazada de 8 meses al momento de su secuestro, el 6 de octubre de 1978. En cautiverio dio a luz un varón al que llamó Rodolfo Fernando; eso fue el 15 de noviembre de 1978. Su primera hija Mariana Eva, nos cuenta como reconstruyó a pedacitos la historia de su madre y todo lo que falta: “Otros me han prestado su memoria. Estela, apenas tu compañera en la escuela pero tu amiga del alma después, en la Facultad de Medicina. Miguel, tu novio, también futuro psiquiatra antipsiquiatra como vos. Tus compañeras de militancia en Montoneros, todas ellas médicas y enfermeras. Tus compañeras de cautiverio en la ESMA. Tus tías. Tus primos. Y más importante que nadie tu mamá, mi abuela, mi Baba. Ella partera, vos casi médica y esta herida mía que no cicatriza con nada. Hola Ma. Te extraño (…) No eras Evita ni Rosa Luxemburgo. Te daba miedo militar. Y sin embargo, te importaba más militar que dónde hacerlo. Y más que todo, te importaba con quienes. Te importaba conocerlos, quererlos y que te quisieran. Te importaba ser feliz mientras luchabas. Y hasta fuiste feliz mientras parías en la ESMA, cuando hiciste que el médico naval te pusiera a tu niño sobre el pecho antes de cortarle el cordón y le hiciste sentir tu latido y le hablaste como me habrás hablado a mí y le dijiste: Hola hijo. Soy yo”.