militantes del peronismo revolucionario uno por uno

LANDIN, Martín Ramón.

Martín era de ascendencia alemana y tenía ojos muy azules. Hizo el secundario en el Normal de San Martín, provincia de Buenos Aires. Trabajó en la Facultad de Filosofía y Letras. Tenía un hermano mayor que era oficial de la Policía Federal. Una hermana (Sandra) que era maestra y otro hermano peronista, Horacio Ramón, que también está “desaparecido” (ver su registro). Martín (buscado hasta con helicópteros por donde vivía), fue secuestrado-desaparecido el 21 de enero de 1977; además de militar, organizaba a la gente de la villa pasando obras de teatro, películas y charlas en conjunción con los curas catalanes tercermundistas de la Iglesia de la zona. Con anterioridad sus padres, Edmundo Landín (que no aprobaba su militancia) y Maria Elisa Hachmann, habían sido secuestrados y llevados a la ESMA y torturados, para que proveyeran información sobre su hijo; es decir, que fueran delatores de su propio hijo. Hay un compañero que da su testimonio: “Mi nombre es Rubén y lo conocí a Ramón en la década del ’70. Él era mi jefe político. Teníamos una Unidad Básica en la Villa de Tropezón, San Martín, provincia de Buenos Aires. Es la villa que está pegada a las orillas de las vías del tren Urquiza. Éramos militantes del Peronismo de Base; yo vivía en la zona y sus padres tenían una farmacia en 5 esquinas. Lo que siempre me impresionó de Ramón era su humanidad. Recuerdo que cuando mirábamos esa villa él me repetía que en la Argentina un día no habrías más lugares como ese. Teníamos reuniones hasta entrada la madrugada. Él fumaba mucho y tenía un tic muy especial al sacar las cenizas de su cigarrillo. Pasamos días muy difíciles cuando la Triple A nos quería volar la U.B. Fueron años difíciles: la traición de Perón, después la hija de puta de Isabelita, las marchas permanentes (…) Yo la última vez que lo ví a él ya estaba en la clandestinidad, y me tuve que escapar, pues un vecino que estudiaba en la Escuela de Suboficiales ‘Sargento Cabral’, me advirtió que mi foto y la de varios compañeros, estaban en una especie de galería. Eran fotos de personas que la dictadura quería asesinar (…)  Yo vivía en una villa cercana a su casa y me sentía un marginado recién llegado de Misiones, entonces como tantos pibes, para buscar un poco de respeto tenía que ser duro. Los otros robaban quioscos y entonces yo les dije, vamos a robar un banco o una financiera. En fin, terminamos por robar a la financiera Achával de San Martín, en la calle Mitre, que estaba en el primer piso. Más mis amigos a último momento se acobardaron así que entré sólo a la financiera con dos pistolas, pero el señor que atendía me dijo que estaba haciendo… porque lo hacía… y yo le dije que porque tenía hambre; entonces él extrajo de su saco unos billetes y me dijo, tomá esto es mío te lo doy de corazón, porque si te llevás el dinero de la financiera, vas a ser por siempre un ladrón. Tomé su dinero y escapé del lugar. Nunca más volví intentar ser un ladrón. Y cuando le conté esto a Ramón Landín, me explicó que eso era producto del sistema, me empezó a explicar el sistema capitalista, yo le contaba lo que sentía y poco a poco me fui haciendo peronista y a intimar con Ramón. Todo en él era inmenso: era un obrero de la conciencia, de los libros, de la poesía y recuerdo esas discusiones infinitas hasta la madrugada aunque al otro día teníamos que trabajar. Yo en parte, me considero un hijo de Ramón. Él me formó en la militancia política y la causa nacional del socialismo. Siempre en todos los actos por los desaparecidos fui y continué con mi militancia, todo en homenaje a Ramón; un idealista, un extraordinario militante que siempre me decía que para calentar el agua debía hacérselo desde abajo, de las bases”.