militantes del peronismo revolucionario uno por uno

GOLDEMBERG, CARLOS 3

GOLDENBERG, Carlos Andrés.

Ex alumno del Colegio Nacional Buenos Aires (promoción 70). Su accionar por el peronismo revolucionario, a los 20 años, en 1973, registra un paso por la Unidad Básica (“Facundo Quiroga”) en José C. Paz, partido de General Sarmiento, provincia de Buenos Aires; una U.B. que estaba frente a la estación del FF.CC. del San Martín. “Tomás”, tal su nombre de guerra, fue el ejecutor material del Comisario General y represor Alberto Villar y de su esposa, Elba Marina Pérez, al colocar el explosivo que hizo volar por los aires, la lancha “Marina” de propiedad de aquellos, en tanto comenzaba a navegar por el Delta, rodeada de custodios armados. Carlos Goldenberg, nacido en septiembre de 1952, proveniente de una típica familia judía progresista, era el tercer hijo de un prestigioso psiquiatra -que fundó el servicio en el Policlínico de Lanús-  y de jovencito repartía su tiempo entre la equitación y el rugby; hasta que en un momento se produjo un cambio en su vida. Comenzó su militancia en el Partido Comunista. La discusión sobre la lucha armada, lo llevó a las FAR, donde su cuñado, Carlos Olmedo (pareja de Isabel Goldenberg), era uno de los más reconocidos intelectuales. La muerte del Che replanteó la estrategia a seguir y los acercó al peronismo revolucionario. Avezado guerrillero, pese a su corta edad, tuvo participación, por orden cronológico, en la voladura de los supermercados “Minimax” del magnate Rockefeller en 1969 (hizo inteligencia previa sobre el que estaba ubicado en el barrio de Belgrano, calles Echeverría y Cuba), en la toma de la ciudad de Garín por las FAR en 1970 (con menos de 18 años se hizo pasar como pescador en la orilla del río Escobar, junto a una médica y un auto, como posta sanitaria para caso de urgencia) y en el apoyo externo a la fuga parcial de guerrilleros en Rawson, en agosto de 1972 (chofer del Ford Falcon en que se escaparon los jefes guerrilleros Quieto y Osatinsky, entre otros). Esta última acción lo obligó a asilarse en Chile y luego pasar a Cuba donde hizo instrucción militar operando además como buzo táctico. También participó en el secuestro de los hermanos Born, operación que debió suspenderse una primera vez, porque Carlitos faltó a una cita previa, desencadenando un grave problema de seguridad, pero cuando todos pensaban lo peor, llegó silbando bajito y disculpándose por haberse quedado dormido, ya que se había peleado con su compañera y no había podido encontrar alojamiento por varias horas y cuando lo consiguió siguió de largo en el sueño. En esta operación del secuestro, Goldenberg manejaba la camioneta que chocó el automóvil en donde iban los custodios armados de los empresarios multinacionales. Tuvo un par de novias, pero al momento de su deceso estaba casado con su compañera de militancia María Adelaida Viñas (ver su registro). Este compañero que era flaco, alto y de ojos verdes, se caracterizaba por ser muy entrador y simpático en sus relaciones sociales, pero cuando se ponía nervioso lo atacaban una serie de tics que le valieron el sobrenombre de “semáforo descompuesto” por parte de sus amigos. Su final, lo cuenta un compañero que lo sobrevivió: “Los Montoneros privilegiaban el culto a la valentía y la lealtad al compañero, antes que la racionalidad y el estudio científico. Carlitos sabía que si no se cambiaba la línea diametralmente, se iba hacia una derrota sangrienta, pero no iba a ser precisamente él quien cayera en la categoría de ‘cagón’ y siguió adelante, hasta que el 10 de agosto del ’76, después de una reunión tomó un taxi hasta su casa sobre la calle Paraná, en el límite entre Vicente López y San Isidro. En la esquina de su departamento lo paró un retén militar. Pensó que zafaba con los documentos falsos, conservó la tranquilidad, pero se ve que los milicos venían con algún dato preciso y las metras sin seguro. Le dijeron que se baje para cachearlo, en el bolsillo de su campera apretó la pistola que llevaba consigo… A una cuadra su compañera, abrazada a su hija, escuchó los tiros intuyendo lo peor. A poco de cumplir los 24 años, moría como lo habría deseado, en combate, a manos del enemigo, frente a frente y cara a cara, uno de los héroes silenciosos y olvidados, de nuestras gestas populares”.