militantes del peronismo revolucionario uno por uno

BERMANN, Sylvia

 Inició su militancia en el medio estudiantil, en la provincia de Córdoba, donde fue Secretaria General de la Federación Universitaria. Docente universitaria en La Plata y Buenos Aires. Médica psiquiatra. Dirigió durante 20 años el Servicio de Psicopatología del Hospital Finochietto. Fue presidenta de la Federación Argentina de Psiquiatría (FAP) antes del golpe militar de 1976. También, Secretaria de Organización de la Rama de Profesionales, Intelectuales y Artistas del Movimiento Peronista Montonero (MPM) en el exilio, al que partió un 13 de noviembre de 1976. Su casa había sido desvalijada y casi destrozada la noche anterior. En México a través del grupo de Trabajadores Argentinos de la Salud Mental denunció la aplicación de torturas y “de los más variados métodos de destrucción, a nivel psicológico, de presos legales e ilegales” en nuestro país, por parte de la dictadura. En 1979 integró la brigada sanitaria “Adriana Haidar” del M.P.M., que prestó apoyo asistencial al pueblo nicaragüense, en los tramos finales de la lucha sandinista. En marzo de 1980 se retiró del Consejo Superior del M.P.M. y se sumó a la alternativa que presentaba “Montoneros 17 de Octubre”.  A fines de 1983 volvió a Córdoba a ejercer su profesión, además de coordinar un taller multidisciplinario de apoyo a los hijos de desaparecidos. El juez federal Miguel Pons dictó su prisión preventiva en marzo de 1987 por “asociación ilícita”, pero luego por absurda, la medida quedó en la nada. Tiene una hija secuestrada-desaparecida por la dictadura militar (Irene Laura Torrents. Ver su registro). Falleció el 17 de septiembre de 2012. Su compañero de militancia, Ernesto Jauretche, nos convoca y la recuerda así: “Señores y señoras, amigos y amigas, compañeros y compañeras, hombres y mujeres, jóvenes y viejos de ésta, nuestra prodigiosa Patria que nunca se rinde: murió la doctora Sylvia Bermann.  Profesional de los pocos que honran sus títulos, médica psiquiátrica, científica que marcó rumbos profesionales y dio al futuro enorme cantidad de discípulos que venerarán su talento y compromiso con la salud del pueblo. También murió con ella aquella digna dama cordobesa que, heredera y dignataria de prepotentes títulos y honores, se entregó a la política con cuerpo y alma, con todo para perder y nada para ganar. Aportó su ingenio y su persona más allá de todos los riesgos que sumaban los trabajos de pertenecer a aquella generación de locos por la vida y la justicia, al servicio militante. Maestra del espíritu, su ecuanimidad política y profunda comprensión del ser humano le permitió entender y proyectar a la práctica el ideal del Hombre Nuevo. Apostó a la utopía montonera, abrió las puertas de su cariñosa casa a todos los perseguidos, organizó la solidaridad en el exilio mexicano, jugó todas su cartas a la revolución sandinista y supo soportar con autoridad, con modestia e integridad, la derrota montonera. Y se retiró silenciosamente a su clínica de la ciudad de Córdoba, como si fuera uno cualquiera más, cuando, en verdad, más allá de la ingratitud, era mucho más. Y allí envejeció, se enfermó y murió en la incuria y la sencillez en que terminan los grandes. Inscribirá su nombre en la gloriosa lista de ‘los malditos’. Al borde de su sepulcro fresco, hoy estamos recuperando su ética y sus ideales”.